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| Durante
una sesión en su casa en 1933, la médium Helen Duncan, materializó
a su guía espiritual «Peggy». |
Las cortinas del armario que
había en la oscura sala en la que se realizaba la sesión espiritista
se abrieron y apareció la figura de una mujer. Vincent Woodcock
la reconoció de inmediato: era su esposa muerta. En total, el joven
delineante eléctrico de Blackpool iba a poder contemplar el espíritu
materializado de su esposa en diecinueve ocasiones, en el transcurso de
sesiones espiritistas dirigidas por la médium Helen Duncan;
pero fue la que se relata a continuación la que cambió su vida.
Woodcock había llevado a su cuñada a esa sesión y cuando el espíritu
de su esposa hizo su aparición, les pidió a los dos que se
levantaran. Luego, con cierta dificultad, le quitó el anillo de casado
a su marido y lo colocó en el dedo anular de su hermana.
«Es mi deseo que eso se realice en consideración a mi pequeña»
-dijo a la pareja la materialización de la Sra. Woodcock-. Un año
más tarde se casaron, y en una sesión posterior, otra materialización
de la fallecida manifestó a los recién casados lo feliz que se sentía
de que hubiesen cumplido sus deseos.
Más tarde, Vincent Woodcock contó esta historia en el tribunal,
cuando se presentó como testigo de la defensa ante un atónito jurado
en el Old Bailey de Londres. En el banquillo de los acusados se hallaba
la médium cuyos asombrosos poderes psíquicos habían hecho posible el
regreso de su esposa desde el mundo de los espítirus: Helen Duncan.
Regreso De La Muerte
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Fotografía de
Helen Duncan. Los espiritistas quedaron consternados por la
aplicación de la ley de brujería para acusar a una médium tan
famosa.
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Helen Duncan había nacido en
Escocia en 1898. Sus facultades psíquicas fueron muy solicitadas
durante los años treinta y cuarenta; viajó por todo el país,
realizando sesiones espiritistas en domicilios privados y en iglesias
espiritistas. Llegó a convencer a miles de personas de que los muertos
podían regresar bajo una apariencia física. Sin embargo, también había
escépticos que creían que las materializaciones de Helen Duncan eran
un engaño. Se decía que contaba con el espíritu de una niña, «Peggy»;
pero en una causa seguida contra Helen en Edimburgo, en mayo de 1933,
se afirmó que «Peggy» no era sino un camisón de mujer que una policía
consiguió arrebatarle en el transcurso de una sesión. La médium fue
hallada culpable de estafa y multada con diez libras.
Sin embargo, dicho veredicto no interfirió con su carrera de médium
sino que, por el contrario, durante la Segunda Guerra Mundial, sus
poderes fueron solicitadísimos por los parientes de aquellos que habían
muerto en combate, realizando muchas sesiones espiritistas en
Portsmouth, Hampshire, y en el propio puerto de la Royal Navy. En una
de estas sesiones, la celebrada el 19 de enero de 1944, la policía
realizó una redada. Un agente de paisano que se hallaba presente hizo
sonar su silbato y sus compañeros irrumpieron violentamente en el
local. Trataron de arrebatar el ectoplasma que salía de la médium y
la sesión acabó en un serio tumulto. A pesar de que no pudo hallarse
ningún elemento incriminatorio, Helen Duncan junto con otras tres
personas sospechosas de amañar las sesiones, Ernest y Elizabeth
Homer y Francis Brown, tuvieron que comparecer ante el
tribunal de Portsmouth.
En la vista preliminar, se relató ante el tribunal cómo el teniente
de navío R.H. Worth de la Royal Navy había asistido a una de
las sesiones de Helen Duncan y que tenía sospechas de fraude. Compró
dos entradas por 1,25 libras cada una para la noche del 19 de enero y
fue con un policía llamado Cross. Cross intentó hacerse con el
ectoplasma, que creía que era una sábana blanca, pero le fue
imposible retenerlo. Los demás agentes de policía que irrumpieron en
la sala tampoco consiguieron hallar ningún rastro de sábana. Después
de la vista, se denegó la solicitud de fianza y la médium quedó en
prisión preventiva en la cárcel de Holloway (Londres) durante cuatro
días antes de que se reanudara el juicio.
La acusación parecía dudar acerca de qué cargo sería el más
indicado. En su primera aparición en Portsmouth, fueron acusados en
base a la Vagrancy Act de 1824 (equivalente a la antigua Ley de
Vagos y Maleantes española), aunque luego se modificó por el de
conspiración. Cuando el caso fue transferido al Tribunal Central de
Old Bailey se hizo referencia a la Witchcraft Act de 1735 (Ley
de Brujería).
En base a dicha antigua ley, los demandados fueron acusados de
pretender "ejercer o utilizar una forma de prestidigitación
mediante la cual, a través de la agencia de Helen Duncan, los espíritus
de personas fallecidas parecerían estar presentes...". También
les fueron imputados otros cargos en base a la Larceny Act (Ley
del Hurto), acusándoles de tomar dinero "a cambio de la falsa
pretensión de que eran capaces de realizar las apariciones de los espíritus
de personas fallecidas y que, de buena fe, intentaban conseguirlo sin
truco ni engaño".
Los espiritistas quedaron consternados por la aplicación de la Ley de
Brujería con el fin de llevar adelante la acusación de una médium
tan famosa. Gracias a esta ley, parecía como si hubiese sido probado
que Helen Duncan era culpable, sin importar para nada que sus poderes
fueran o no auténticos.
La acusación creía firmemente que Helen Duncan era una estafadora y
no se desalentó por la falta de pruebas. Durante el juicio, el fiscal John
Maude presentó un pedazo de muselina untada con mantequilla e hizo
constar la teoría de Harry Price, un investigador psíquico,
según el cual Helen conseguía sus resultados tragando la muselina y
luego regurgitándola. Algunos testigos de la defensa se ofrecieron
para obtener una declaración médica así como una radiografía que
demostrara que Helen Duncan poseía un estómago normal, incapaz de
ocultar nada que pudiera ayudarle a lograr el efecto de la
materialización, pero no fueron aceptados como testigos.
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A lo largo de toda
su vida, se mantuvo la controversia acerca de si las
materializaciones ectoplásmicas de Helen Duncan eran o no auténticas.
En un juicio seguido ante el tribunal de Edimburgo en 1933, se
afirmó que, en realidad, «Peggy» era un camisón de mujer
manipulado por la Sra. Duncan. Uno de ellos fue aportado como
prueba, junto a los sellos de los testigos que habían asistido a
la sesión.
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El juicio tuvo lugar pocos
meses antes del desembarco en Normandía y duró una semana. Numerosos
testigos dieron fe de los sucesos acaecidos en las sesiones de Helen
Duncan que, por cierto, dejaron estupefactos a muchos escépticos.
Mucha gente dijo, por ejemplo, haber visto a la médium, que pesaba 140
kg, y a su alto y delgado espíritu guía, Albert Stewart, a un
tiempo. Kathleen McNeill, esposa de un herrero de Glasgow, contó
cómo había asistido a una sesión en la que apareció su hermana, la
cual había fallecido pocas horas antes, después de una operación, y
cómo Helen Duncan no podía haber tenido noticia alguna acerca de su
muerte en tan poco espacio de tiempo; no obstante, el guía de la Sra.
Duncan, Albert, anunció que su hermana acababa de fallecer. En otra
sesión años más tarde, el padre fallecido de la Sra. McNeill
salió del armario y se acercó a ella. Atestiguó que sólo tenía un
ojo, como en efecto así había sido mientras vivió.
Algunas de las evidencias más impresionantes fueron aportadas el sexto
día del juicio. Alfred Dodd dijo al tribunal que había
asistido a las sesiones de Helen Duncan en varias ocasiones entre 1932
y 1940, y que en una de ellas se le apareció su abuelo, un hombre alto
y corpulento, con un rostro bronceado y llevando la misma gorra que
siempre utilizó; su pelo, como siempre, lucía un pequeño flequillo.
Después de hablar con su nieto, se volvió hacia el amigo de Dodd, Tom,
que le había acompañado a la sesión y le dijo: «Mírame a la cara,
mírame a los ojos y podrás reconocerme de nuevo; pídele a Alfred que
te muestre mi fotografía... es el mismo hombre.» Dicho esto, el espíritu
regresó al armario, dio tres palmadas sobre su pierna y añadió: «Es
sólido, Alfred, es sólido.»
Dos periodistas, H. Swaffer y J.W. Herries también
fueron llamados por la defensa. El extravagante Swaffer dijo al
tribunal que el que había descrito el ectoplasma como un trozo de
muselina untada en mantequilla, "debía ser un niño": bajo
la luz roja de la sala se vería de color amarillo o rosado, mientras
que las formas de los espíritus tenían un tono blanco brillante. Por
su parte, Herries, reportero jefe del periódico The Scotsman y
juez de paz, afirmó haber visto a Sir Arthur Conan Doyle
materializarse en una de las sesiones de Helen Duncan; había
reconocido sus rasgos redondeados y su bigote, y había identificado su
voz. Sostuvo que la idea de que el espíritu de «Peggy» podía haber
sido un camisón de mujer era absolutamente ridícula y que la teoría
de la regurgitación de la tela era absurda.
Además de las declaraciones de los testigos, la defensa ofreció al
jurado la posibilidad de que Helen Duncan realizara una demostración
real de sus poderes como médium. Al empezar el proceso, el juez declinó
el ofrecimiento, sugiriendo, en cambio, que Helen Duncan fuera llamada
como testigo. La defensa replicó, sin embargo, que ésta no podría
testificar, puesto que permanecía en trance durante las sesiones del
tribunal y que, por tanto, no podía saber lo que estaba sucediendo. El
último día, el juez cambió de opinión acerca de la demostración y
preguntó al jurado si deseaban que se llevara a cabo, pero después de
algunas discusiones, terminaron por rechazar el ofrecimiento.
El jurado tardó veinticinco minutos en llegar a un veredicto: hallaron
a los acusados culpables de conspiración, en contra de lo dispuesto en
la Ley de Brujería, mientras que se les relevó de la obligación de
dar un veredicto acerca de los demás cargos. El secretario del
Tribunal pasó luego a relatar los antecedentes de la Sra. Duncan. Se
había casado con un fabricante de armarios, tenía seis hijos de
edades comprendidas entre los 18 y los 26 años y había visitado
Portsmouth periódicamente durante los cinco últimos años. En 1941
fue denunciada por violar las leyes de seguridad cuando anunció la pérdida
de uno de los buques de Su Majestad antes de que el hecho se hiciera público.
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Incluso con sus
manos sujetas por testigos y con sus pies atados, Helen Duncan,
consiguió materializar a su guía espiritual «Peggy»,
aparentemente mediante el ectoplasma que emanaba de su nariz. También
tenía un guía espiritual masculino, Albert Stewart que era alto y
delgado, y mucha gente atestiguó haberle visto junto a la figura sólida
y de generosas proporciones de la Sra. Duncan a un mismo tiempo.
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Antes de pronunciar la
sentencia, el juez dijo que el veredicto no se refería al hecho de si
"eran o no posibles manifestaciones auténticas de ese tipo...
este tribunal no tiene nada que decir acerca de cuestiones tan
abstractas". El jurado había considerado el caso como de pleno
fraude y sentenciaba a la Sra. Duncan a nueve meses de prisión y se la
llevaron entre protestas y gritos. En cuanto a los demás acusados, la
Sra. Brown fue condenada a cuatro meses (con anterioridad ya había
sido sentenciada por robo y hurto en establecimientos comerciales) y
los Homer fueron multados con cinco libras, imponiéndoseles el deber
legal de buen comportamiento durante dos años. El recurso de apelación
presentado ante la Cámara de los Lores fue desestimado.
Helen Duncan cumplió la condena en la prisión de Holloway. El
movimiento espiritista, molesto por el veredicto, solicitó que se
modificara la legislación para evitar acusaciones de este tipo. Muchos
de los seguidores de Helen Duncan estaban convencidos de que había
sido condenada para detener la filtración de información secreta en
tiempos de guerra.
Cuando salió de la cárcel el 22 de septiembre de 1944, Helen Duncan
anunció que no iba a llevar a cabo más sesiones, aunque no tardó en
cambiar de opinión. En realidad, pronto estuvo realizando tantas que
los espiritistas empezaron a preocuparse; se dijo que la calidad de las
manifestaciones que lograba se había deteriorado y la Unión Nacional
de Espiritistas llegó, incluso, a retirarle el diploma.
Canto y Danza
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Más de un cuarto
de siglo después de su muerte en 1956, la Sra. Duncan habló con
su hija Gina durante más de una hora, a través de la voz directa
de la médium Rita Goold de Leicester (en la fotografía).
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Otros relatos, sin embargo,
sugerían que sus poderes estaban muy lejos de debilitarse. Parece ser
que hallándose en casa de Susie Hughes, una médium de
Liverpool, el guía espiritual de Susie, «Bluebell», había
aparecido acompañando a «Peggy», y que ambos empezaron a cantar y a
bailar juntos ante muchos testigos. En otra sesión, se materializó el
padre de Susie Hughes, saludó a su esposa e insistió en que caminaran
por la parte más clara del salón para que pudiera saber que era él;
después la llevó de nuevo hasta su silla, la tomó en brazos y la
levantó por encima de su cabeza.
Alan Crossley, autor de The Story of Helen Duncan, asistió
a una de las sesiones en 1954, en la que pudo ver tanto a la médium
como a Albert, su guía espiritual masculino. También contempló el
espíritu de un hombre que había fallecido pocos días antes; su
esposa y su hijo, que se hallaban presentes, quedaron embargados por la
emoción al reconocerle.
En 1951, la Ley de Brujería de 1735 fue abolida y sustituida por la
Ley de Médiums Fraudulentos. Parece ser que el juicio de la Sra.
Duncan había sido el motor de esta modificación legal, aunque la
esperanza de los espiritistas de que los médiums no volvieran a ser
acosados por la policía duraron muy poco; en noviembre de 1956, las
fuerzas de seguridad hicieron una redada en una sesión que se estaba
realizando en Nottingham. Apresaron a la médium, la registraron y
tomaron fotografías. Dijeron andar buscando barbas, máscaras y una
mortaja, pero no encontraron nada. La médium que dirigía la sesión
era Helen Duncan.
La interrupción de una sesión física se considera como algo muy
peligroso por los espiritistas, ya que el ectoplasma regresa al cuerpo
con excesiva rapidez. En el caso descrito, Helen Duncan se sintió muy
mal y avisaron a un médico, que le dio unos tranquilizantes; más
tarde, le hallaron dos quemaduras en el estómago. Se sentía tan
enferma que regresó a Escocia junto a su familia y fue ingresada en un
hospital, donde falleció al cabo de dos días.
La historia de Helen Duncan es una de las más trágicas y singulares
de la historia del espiritismo; o fue una brillante estafadora, capaz
de hacer ver a la gente lo que precisamente querían ver, mediante la
manipulación de objetos en la oscuridad, o fue una de las médiums más
destacadas de todos los tiempos. Su historia no acaba con su muerte,
sino que su hija Gina reveló a Psychic News, el 4 de
septiembre de 1982, que su madre había hablado con ella durante más
de una hora a través de la voz directa de la médium Rita Goold,
de Leicester.
La mayor parte de la conversación fue de naturaleza personal, y al
final de la sesión, Gina manifestó: «Sí, es mi madre; no me cabe la
menor duda.» Veintiséis años después de su muerte, parece que Helen
Duncan sigue trabajando para demostrar que la vida continúa más allá
de la tumba.
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